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Es difícil encontrar la belleza en sus distintas declinaciones. La belleza del paisaje, la belleza de los sabores, la belleza de una atmósfera cálida. Recientemente me ha sucedido en la pequeña colina donde surge el restaurante El Remedio. Una iglesia del siglo XIX, un gran prado asomado a los acantilados del Cantábrico, y una casita de discreta elegancia. Como entrar en un paisaje cinematográfico o en un cuadro de colores tenues.

La secreta armonía del lugar se refleja en los platos, distintos y muy trabajados, desde las croquetas de jamón ibérico a las anchoas con pan, tomatitos y albahaca, hasta los gnocchi con almejas al bonito con cebolletas agridulces.

Detrás de una amplia cristalera que rodea la cocina, se ven los movimientos del joven chef y de su parje sous chef quienes repiten gestos precisos como en un engranaje experimentado.

A la sala llegan platos originales y llenos de sabor, como la cebolla rellena de cordero o el lechazo con remolacha, chaumes y ciruelas. Cierran el desfile los postres, la barrita de chocolate blanco y negro con crumble y salsa mou y la tarta de avellanas con salsa al café.

Esta noche de final de agosto, algunos jóvenes han ensayado una danza por la fiesta de la Virgen. Solo pocas veces bajo la luna llena la poesía se encuentra por casualidad.

Simonetta Fiori periodista del periodico "La Repubblica"